Así concluye sus agradecimientos para Reading Berlin 1900 el historiador Peter Fritzsche. Impacta la referencia a la niña berlinesa asesinada (una niña marcada con el nombre y el destino de su ciudad). La noticia pasó por las páginas de la prensa popular, como una entre miles de que conformaron la “ciudad textual” de la que se ocupa el libro. Una ciudad turbulenta, arrastrada hacia delante por el torbellino de la modernidad, por la fluctuación y la fugacidad. Su tragedia no puede sino recordar a las niñas asesinadas por M, el oscuro asesino compuesto magistralmente por Peter Lorre (nacido en 1904 por la absurda vocación poética de las cronologías) en el film de Fritz Lang. ¿No era ese vampiro la Historia, secuestrando la infancia y la experiencia?
La dedicatoria recuerda aquella con la que Marshall Berman abría su inspirador análisis de la modernidad y sus ambigüedades:
“Poco después de terminar este libro, mi querido hijo Marc, de cinco años, me fue arrebatado. A él dedico Todo lo sólido se desvanece en el aire. Su vida y su muerte acercan al hogar muchos de los temas e ideas del libro: la idea de que los que están más felices en el hogar, como él lo estaba, en el mundo moderno pueden ser los más vulnerables a los demonios que lo rodean; la idea de que la rutina cotidiana de los parques y las bicicletas, de las compras, las comidas y las limpiezas, de los abrazos y besos habituales, puede ser no sólo infinitamente gozosa y bella sino también infinitamente precaria y frágil; que mantener esa vida puede costar luchas desesperadas y heroicas, y que a veces perdemos. Ivan Karamazov dice que, más que cualquier otra cosa, la muerte de un niño lo hace querer devolver su billete al universo. Pero no lo devuelve. Sigue luchando y amando; sigue adelante.”